martes, 24 de mayo de 2011

Sentido, sinsentido y negación en el arte

Varias posiciones filosóficas y éticas coinciden al afirmar que el sentido es lo que justifica una acción. Varios autores le confieren matiz ético al agregar factores como la regla de oro; que nos hacen recordar las máximas universales desarrolladas por Kant y todas las propuestas de pensadores como Fichte o Schelling. De esta forma, hablamos de sentido entendiéndolo como aquello que justifica una acción como parte de nuestra responsabilidad con algo que va más allá de nosotros mismos, lo que, implícitamente, nos hace reconocer que formamos parte de un todo más basto que nosotros mismos.

En el arte el sentido también ha estado presente, reafirmando una cosmovisión y posición en y frente al mundo o defendiendo ideologías en conflicto. Manifestaciones de este tipo podemos reconocer en el arte sacro o en el muralismo mexicano. En el arte pictórico desarrollado en estos dos contextos podemos apreciar la creación de una identidad frente a fenómenos de carácter político y religioso, un compromiso con su revalorización y con su difusión como principio de vida y acción social. Ambas son una expresión de la importancia que se le concede al sentido, a un sentido que nos mueve a la acción, un sentido que está en Dios o en la idea de revolución.

Con el advenimiento de nuevas corrientes que centraron sus propuestas en la subjetividad del artista, surgieron tendencias como el expresionismo o el impresionismo. Incluso mucho tiempo atrás, con la secularización del mundo del arte, el autorretrato fijó una nueva etapa en la pintura, poniendo de manifiesto la importancia que comenzaba a cobrar el individuo en el proceso en el cual el sentido perdía su divinidad y comenzaba a caer a pedazos en el rostro de todos; para reconocer en nosotros mismos ese sentido que el cielo perdió.

El siglo XIX es vital en el reconocimiento de este proceso, en este se gestan las crisis que dieron origen a las corrientes filosóficas que han nutrido el desarrollo de las ciencias, y con ello el de la sociedad en su conjunto en un proceso de retroalimentación. En él se refuerza la desvirtualización del individuo a partir de las malinterpretación que se hizo de esta idea desde el romanticismo. Nietzsche, el superhombre y el nazismo. Las corrientes existencialistas, que provienen desde Kierkegaard y, muy profundamente, desde Kant, se desarrollaron con mayor acento desde entonces, hasta desembocar en pensadores como Camus y Sartre. En este siglo también se sentaron las bases para el triunfo del pragmatismo positivista, la razón universalista fijada al deseo de progreso humano del siglo de las luces,  y que alimentó la reforma social del Estado a principios del siglo XX, dió paso a una razón instrumental basada en principios de inmediatez y de satisfacción personal, la base fundamental de la sociedad de consumo. En este caldo de cultivo se originó el hedonismo, el nihilismo y el narcicismo, los pilares sobre los que descansa la posmodernidad que influye en todos los ámbitos, incluidos el arte.

Si con Dios murió el sentido, con el romanticismo y nuestra razón seriamos capaces de crearnos uno a nuestra imagen y semejanza. Sin embargo, al no suceder esto el individuo eligió entre dos opciones; transgredir (violentar) sus propios límites y los de la sociedad o negar a la sociedad y a sí mismos.

En la primera opción surgieron propuestas como el abstraccionismo, en el que los artistas dejaron de repetir las apariencias de la realidad y decidieron violentar estos fenómenos para poder así, quizá, penetrar la verdadera realidad y encontrar un sentido. Hubo quienes prefirieron llevar su violencia a mayores extremos (Arte Gore) nulificando toda relación con el Otro.

Y finalmente, aparecieron aquellos que, negando su relación con el todo, negándose a sí mismos, optaron por desarrollar un arte carente por completo de sentido y de esfuerzo alguno por alcanzarlo.

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